Eduardo Galeano
El molino
Nelly Delluci atravesó alambradas y pastizales en busca del lugar donde había sido triturada, un campo de concentración llamado La Escuelita, pero el ejército argentino no había dejado ni un ladrillo en pie.
Toda la tarde anduvo buscando en vano. Y cuando más perdida estaba en plena llanura, deambulando sin ton ni son, Nelly vio el molino. Lo descubrió de lejos. Al acercarse, escuchó la queja de las aspas azotadas por el viento, y no tuvo dudas.
-Es aquí.
No había nada más que pasto alrededor, pero éste era el lugar. De pie frente al molino, que ya el crepúsculo teñía de rojo, Nelly reconoció el gemido que quince años antes había acompañado a los presos día tras día, noche tras noche.
Y recordó: un coronel, harto de la letanía del molino, lo había mandado maniatar. Las aspas habían sido atadas con varias vueltas de tiento, pero el molino había seguido quejándose.
Ella
La historia como hazaña de los machos: no hay mujeres en la historia de las islas Canarias. Chiti Hernández-Martí exploró la memoria de las islas, y no tuvo más remedio que admitir que allí los hombres se han reproducido sin ayuda.
¿No hay mujeres? Casi no hay. Hace cinco siglos, una mujer llegó a las costas de Tenerife. Llegó flotando sobre las aguas, dormida en la espuma, y fue recogida por los pescadores. Cuando le hablaron, ella no contestó. Los pescadores la llevaron al rey de la isla, pero siguió muda. Fue adorada por el rey, que cantó en alabanza de su helado esplendor, y ella no se dignó sonreír. Los siete príncipes la cubrieron de flores, y ni se dio por enterada. Por ella pelearon los príncipes, que disputando sus favores se despedazaron entre sí, y ella asistió a la carnicería sin mover una ceja. La única mujer de la historia de las islas, todavía está allí: se llama Candelaria, es virgen y es de madera. Los hombres le rezan de rodillas.
Los ausentes
El cementerio de Chichicastenango se muere de risa. Mil colores luce la muerte en las tumbas florecidas. Quizá los colores celebran el fin de la pesadilla terrestre, este mal sueño de mandones y mandados que la muerte acaba cuando de un manotazo nos desnuda y nos iguala.
Pero en el cementerio no veo ni una sola lápida de 1982, ni de 1983, cuando fue el tiempo de la gran matazón en las comunidades indígenas de Guatemala. El ejército arrojó esos cuerpos a la mar, o a las bocas de los volcanes, o los quemó en quién sabe qué fosas.
Los alegres colores de las tumbas de Chichicastenango saludan a la muerte, la Igualadora, que con igual cortesía trata al mendigo y al rey. Pero en el cementerio no están los que murieron por querer que así también fuera la vida.
El veneno
En las heladas vísperas de cada amanecer, ante las brasas del fogón, el capataz y el peón armaban el primer cigarrillo del día. Ellos no se miraban, no se nombraban, no se hablaban. Entre los dos se sentaba Tarzán, el perro. Sólo con el perro conversaban. Dirigiéndose al perro, decía el capataz:
-Hay una vaca muerta en la cañada. Hasta cuándo va a estar.
Y el peón:
-Pregúntele a la vaca, Tarzán.
Tarzán miraba a uno, miraba al otro. El era perro parco, de poco ladrar, y rara vez gruñía o meneaba el rabo. Se ganaba el hueso escuchando al capataz, que le decía que hay que arreglar la alambrada, y al peón, que le decía que chocolate por la noticia. Y hasta la madrugada siguiente, desaparecía.
Estos dos hombres que se odiaban eran los únicos que trabajaban las tierras de la Viuda, en Rocha, inmensidades atravesadas por catorce tranqueras: hábiles en sus artes de jinetes pastores, tirón de rienda, vuelo de lazo, tajo de facón, cada cual por su rumbo, y hasta la noche cabalgaban sin cruzarse jamás.
Una madrugada, Tarzán no vino. El sol abrió su primer tajo en el horizonte y se elevó en el cielo y Tarzán no vino. Sin mirarse, sin nombrarse, sin hablarse, los dos hombres ensillaron y se echaron al campo. Y a la madrugada siguiente, Tarzán tampoco vino y los hombres, callados, se fueron a trabajar.
El perro apareció en un pastizal, ojos de vidrio, patas rígidas, un rastro de sangre en el hocico, muerto del veneno de una víbora crucera. Y una semana después, día más, día menos, alguien encontró a los dos hombres, tumbados sobre las cenizas del fogón, cada uno con el cuchillo del otro metido hasta el mango en algún lugar del cuerpo.
Machos
Techo de palma, mostrador de cañas. Acodados en el mostrador, Dámaso Murúa y yo bebíamos cerveza, picoteábamos camarones al ajillo y escuchábamos las reflexiones de la clientela. No había mujeres en aquel bar de Mazatlán, pero sólo se hablaba de ellas.
-Lo dijeron en la tele. Cada día muere un montón de mujeres, dieciocho mil mujeres mueren cada día en el mundo. Así como lo oyes. Y a la mía ni le duele la cabeza.
-Ni modo. Es que hay matrimonios que acaban bien, y hay otros que duran toda la vida.
-Antes ella era buena, buena como mujer de otro. Pero ahorita…. Les das confianza y acaban pisándote. Y cuanti más, peor.
-Si las mujeres fueran buenas, digo yo, Dios tendría una.
-Mujer que no jode, es hombre. Está probado.
-Puro hable y hable. Viboreando se pasan el día, puro chisme, pura queja, puro reproche.
-Pos sí.
-¿Quieres que te diga? Les falta cerebro, pero les sobra memoria.
-Eso se ve a simple vista, nomás con echarles un vistazo.
-Las mujeres tienen una pinche memoria. Y es lo peor que tienen, no te perdonan una, te recuerdan todo, óyeme bien, que no acostumbro mentir.
El orden
El capitán Camilo Techera siempre andaba con Dios en la boca, buenos días si Dios quiere, hasta mañana si Dios quiere. Cuando llegó al cuartel de artillería de Trinidad, descubrió que no había ni un solo soldado que estuviera casado como Dios manda y que todos vivían en pecado, retozando en promiscuidad como las bestias del campo.
Para acabar con aquel escándalo que ofendía al Señor, el capitán mandó llamar al cura del pueblo. En un solo día, el cura administró a toda la tropa, cada cual con su cada cuala, el santísimo sacramento del matrimonio, en nombre del capitán, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
El domingo, todos los soldados fueron maridos.
El lunes, un soldado dijo:
-Esa mujer es mía.
Y clavó el cuchillo en la barriga de un vecino que la estaba mirando.
El martes, otro soldado dijo:
-Para que aprendas.
Y retorció el pescuezo de la mujer que le debía obediencia.
El miércoles…..
Exorcismos
Sonia Pie de Dandré se levanta siempre bien temprano, porque el trabajo obliga y también porque da gusto respirar el día cuando está recién nacido y huele a bebé.
Aquella mañana, ella caminó, cantando bajito, por las calles de Santo Domingo, mojadas de luz nueva, y estuvo entre las primeras de la cola, ante el mostrador donde se retiran los pasaportes. Cuando recibió el suyo, vio que entre los datos figuraba el color de la piel. «Trigueña», decía el documento.
Sonia es negra, y ésa es una de sus imbatibles alegrías. Pidió que se corrigiera el error. No se podía.
-En este país no hay negros -le explicó el funcionario, negro, que había llenado los formularios.
La guerra
Yo aprendí la guerra de España, veinte años después de la derrota, en Montevideo: en las vinerías, donde los vencidos cantaban, abrazados, sus canciones de las trincheras, y en los cafés, donde se peleaban como si la guerra estuviera ocurriendo.
Uno de los exiliados, Abraham Guillén, me contaba la guerra en su casa, a la hora del desayuno. El me hablaba del marco geopolítico y de las contradicciones tácticas y estratégicas del frente republicano. Después, las batallas ocurrían sobre el mantel.
Las cucharitas, el azucarero y las tazas de café con leche señalaban las posiciones de los milicianos y de las tropas de Franco. Inclinando un cuchillo, Abraham disparaba, y el cañonazo volteaba el tarro de mermelada, rojo de sangre, los tanques, los vasos, avanzaban rodando y aplastaban las tostadas. Las tostadas crujían. Los aviones de Hitler arrojaban naranjas y panes que estremecían la mesa y provocaban tremendo desparramo entre los escarbadientes, que eran la infantería. Yo escuchaba los truenos de las bombas, la tormenta de la metralla y los aullidos de las víctimas.
Desde la puerta de la cocina, la mujer de Abraham se secaba las manos con un repasador. Mirando aquella mesa sembrada de cadáveres, meneaba la cabeza y susurraba:
-Pobrecillos. Pobrecillos.
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