Mudanza de nombre

Aprendió a leer leyendo números. Jugar con números era lo que más le divertía y en las noches soñaba con Arquímedes.

El padre prohibía:

No son cosas de mujeres-decía.

Cuando la revolución francesa fundó la Escuela Politécnica, Sophie Germain tenía dieciocho años. Quiso entrar. Le cerraron la puerta en las narices.

No son cosas de mujeres-dijeron.

Por su cuenta, solita, estudió, investigó, inventó.

Enviaba sus trabajos, por correo, al profesor Lagrange. Sophie firmaba Monsieur Antoine-August Le Blanc, y así evitaba que el eximio maestro contestara:

No son cosas de mujeres.

Llevaban diez años carteándose, de matemático a matemático, cuando el profesor supo que él era ella.

A partir de entonces, Sophie fue la única mujer aceptada en el masculino Olimpo de la ciencia europea: en las matemáticas, profundizaron teoremas, y después en la física, donde revolucionó el estudio de las superficies elásticas.

Un siglo después, sus aportes contribuyeron a hacer posible, entre otras cosas, la torre Eiffel.

La torre lleva grabados los nombres de varios científicos.

Sophie no está.

En su certificado de defunción, de 1831, figuró como rentista, no como científica:

No son cosas de mujeres-dijo el funcionario.

P.191, Espejos, Eduardo Galeano, Siglo XXI

Prohibido ser mujer

En 1804, Napoleón Bonaparte se consagró emperador y dictó un Código Civil, el llamado Código Napoleón, que todavía sirve de modelo jurídico al mundo entero.

Esta obra maestra de la burguesía en el poder consagró la doble moral y elevó el derecho de propiedad al más alto sitial en el altar de las leyes.

Las mujeres casadas fueron privadas de derechos, como los niños, los criminales y los débiles mentales. Ellas debían obediencia al marido. Estaban obligadas a seguirlo, dondequiera que fuese, y necesitaban su autorización para casi todo, excepto para respirar.

El divorcio, que la revolución francesa había reducido a un trámite simple, fue limitado por Napoleón a las faltas graves. El marido se podía divorciar por adulterio de su esposa. La esposa sólo se podía divorciar si el entusiasta había acostado a su amante en el lecho conyugal.

p. 177, Espejos, Eduardo Galeano, Siglo XXI

Olympia

Son femeninos los símbolos de la revolución francesa, mujeres de mármol o bronce, poderosas tetas desnudas, gorros frigios, banderas al viento.

Pero la revolución proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y cuando la militante revolucionaria Olympia de Gouges propuso la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, marchó presa, el tribunal revolucionario la sentenció y la guillotina le cortó la cabeza.

Al pie del cadalso, Olympia preguntó:

  • Si las mujeres estamos capacitadas para subir a la guillotina, ¿por qué no podemos subir a las tribunas públicas?

No podían. No podían hablar, no podían votar. La Convención, el Parlamento revolucionario, había clausurado todas las asociaciones políticas femeninas y había prohibido que las mujeres discutieran con los hombres en pie de igualdad.

Las compañeras de lucha de Olympia de Gouges fueron encerradas en el manicomio. Y poco después de su ejecución, fue el turno de Manon Roland. Manon era la esposa del ministro del Interior, pero ni eso la salvó. La condenaron por su antinatural tendencia a la actividad política. Ella había traicionado su naturaleza femenina, hecha para cuidar el hogar y parir hijos valientes, y había cometido la mortal insolencia de meter la nariz en los masculinos asuntos de estado.

Y la guillotina volvió a caer.

p. 172, Espejos, Eduardo Galeano, Siglo XXI

Desgarraduras / II

Existir es un fenómeno colosal…que no tiene ningún sentido. Así definiría yo la estupefacción en la que vivo días tras día. P. 81

En el zoo. Todos los animales tienen un comportamiento decente, excepto los monos. Se nota que el hombre no anda lejos. P. 83

Imposible acceder a la verdad mediante opiniones, pues toda opinión es sólo un punto de vista “loco” sobre la realidad. P. 84

He observado muchas veces que es más fácil volverá dormirse tras un sueño en el que lo asesinan a uno que después de un sueño en el que uno es el asesino. Un punto a favor del asesino. P. 85

Eternidad: me preguntó cómo he pedido articular tantas veces esta palabra sin perder la razón. P. 86

La muerte, ¡qué deshonra! Convertirse de repente en objeto… p. 86

Detestar a alguien es querer que sea cualquier cosa excepto lo que es. T. me escribe que soy el hombre a quien más quiere en el mundo…pero al mismo tiempo me suplica que abandone mis obsesiones, que cambie de camino, que me convierta en otro, que rompa con lo que soy. Es tanto como decir que rechaza mi ser.  P. 87

Cualquier acto de valor es obra de un desequilibrado. Los animales, normales por definición, siempre son cobardes, excepto cuando se saben más fuertes, lo cual es una pura cobardía. P. 88

El tiempo esta roído por dentro, exactamente igual a un organismo, igual que todo aquello que está afectado por la vida. Quien dice tiempo, dice lesión, ¡y qué lesión! P. 89

En cuanto salgo a la calle, a la ver a la gente, exterminio es la primera palabra que me viene a la mente. P. 92

Víctimas II

13 de julio 2005
 
Arnoldo Kraus
 
Víctimas
 
Ni las víctimas de Londres ni las de Irak ni las de Madrid ni las de Palestina ni las de Nueva York ni las de Afganistán ni las de Israel tienen nombre. Tampoco tienen cara. Tampoco tienen historia. Tampoco tienen identidad. Tampoco importa si estaban a favor o en contra de la política y de los políticos que deciden qué hacer con el enemigo o si marcharon recientemente contra el terrorismo -quizás algunos de los muertos en Londres fueron parte de los 2 millones de londinenses que desfilaron contra la guerra en Irak.
 
Cuando mueren los pasajeros británicos o los empleados latinoamericanos que trabajaban en las Torres Gemelas, o los rumanos que viajaban en el metro español dejan de ser lo que eran: desaparece la nacionalidad y se convierten en víctimas.
Víctimas como las que son asesinadas en las filas de Bagdad en espera de trabajo o como los 100 mil civiles iraquíes que han fallecido a consecuencia de la guerra de Bush, de Blair, de Aznar, de Berlusconi y de los otros jerarcas europeos que no saben qué es lo que deben hacer para mandar sus aviones a Irak y así evacuar a sus militares.
 
Quien habla, finalmente, es la cruda realidad: las víctimas occidentales son idénticas a las víctimas de los países árabes.
Carecen de apellidos, de tiempo, de vida. Parecería que los occidentales mueren más veces que los de los países árabes, aunque no sea así: la prensa se encarga de matarlos y de matarlos y de seguir matándolos. Nadie en el orbe tiene derecho a desconocer los bombazos de Londres, de Madrid o de Nueva York.
Nadie puede dejar de enterarse del siniestro terror sembrado por los fundamentalistas árabes. Nadie puede permanecer en sigilo. Y es cierto: imposible no sentir odio hacia los jihadistas.
Imposible no sentir que la vida ha cambiado a partir de la irrupción en el mundo de Al Qaeda y de grupos afines.
 
Desde que George W. Bush y Osama Bin Laden se encontraron, destaco, entre una miríada de posibilidades, tres lecciones. La primera es que el terror siembra más terror. La segunda es que ni todas las bombas del mundo ni toda la inteligencia de los servicios antiterroristas serán suficientes para detener el terror. Lo mismo puede decirse de los yihadistas kamikases:  nada conseguirán a pesar de que sigan asesinando a destajo. Siempre habrá más víctimas. Víctimas inocentes, inominadas, quizás inopinadas, quizás idénticas a quien los mata.
 
La tercera es el papel de las víctimas. Las víctimas de las filas iraquiés y de los metros europeos son la parte medular del terrorismo y a la postre es lo que más importa. Desde el punto de vista de la filosofía donde matar  al otro es la meta, cualquier persona es, en potencia, víctima. Y eso es lo que precisamente busca y consigue el terrorismo anónimo que ejercen los jihadistas: hacer que una víctima sea igual al otro, que las víctimas se hermanen y que Occidente entienda que todos somos potencialmente blancos de su ideario. Lo mismo deben sentir muchos musulmanes, sea quien sea el que los mate, cuando la prensa da cuenta, casi a diario, de la muerte de decenas de inocentes en Irak.
 
Agazapados y protegidos, los grupos extremistas logran su cometido, cada vez que hacen de un inocente una víctima: amenazar al mundo y advertir que su lucha no tiene fin. Es más, mucho más eficaz matar inocentes en capitales europeas o ciudades estadunidenses que asesinar militares en tierras iraquíes.
 
La víctima inominada parece ser sino de nuestros tiempos e inevitable realidad de la política contemporánea. Tras los despliegues de la prensa, de los execrables comunicados de los grupos terroristas -sea cual sea su origen- y de las palabras, cada vez más despreciables de los políticos, lo único que importa y queda es la víctima y su entorno. Quedan la tumba, la pierna mutilada, la familia cuarteada, los huérfanos, las heridas incurables, el horror, el odio. Las víctimas son universales. Las víctimas muertas o mutiladas sí que se parecen: la mayoría era seguramente inocente y la mayoría desconocía su destino.
 
Pensar el mundo y en el otro a través de la mirada de las víctimas nos convierte a todos en testigos. Ser testigo
compromete, a pesar de que el intríngulis del terrorismo sea impenetrable. Hablar, al menos hablar -y de ser posible contagiar- es tarea obligatoria de todo testigo. Lévinas practicaba la filosofía "de resistencia a la barbarie". Quizás eso es lo único que podemos hacer los que no somos víctimas, pero sí testigos: resistir y hablar en contra de la barbarie.
 

Víctimas

México D.F. Miércoles 28 de abril de 2004

Arnoldo Kraus

Víctimas

¿Cómo mediar entre la realidad, entre lo que se puede comprobar, entre lo indefinible y entre las urgencias de la humanidad? Llamo urgencias de la humanidad a las incontables condiciones que “anuncian” el deterioro de nuestra especie: ¿cuándo se ha visto que matar no sea suficiente para satisfacer el odio, la venganza, la inquina? Me refiero a los presos decapitados en Brasil, al policía español que fue desenterrado para quemarlo y cortarle la mano; a los pueblos africanos que en algunas décadas desaparecerán del mapa, si sus dirigentes siguen negando la existencia del sida y las compañías farmacéuticas continúan encareciendo los medicamentos, y a un largo etcétera que termino, para no llenar la página con ejemplos similares, citando al filósofo Theodor Adorno: “el sufrimiento es la condición de toda verdad”.

Sufrimiento y verdad son la columna vertebral del discurso de las víctimas y su mirada es fundamental para (re)considerar el concepto de la realidad. Las vivencias de los presos de Guantánamo, de los familiares de los muertos palestinos e israelíes, de las y los desaparecidos, de los inmigrantes que continuamente cruzan las fronteras del mundo para sobrevivir, son argumentos no de otra realidad, sino de una de las más dolorosas e inescapables realidades que habitan el mundo. Escucharlos, como dicen los estudiosos de la memoria, podría servir para paliar el peso de la desmemoria, que a su vez es la fuente principal de nuevas víctimas.

El sufrimiento es, además, una de las características que hermana a todas las víctimas y que les confiere per se el derecho de buscar la verdad, así como el de exigir justicia. Para muchas víctimas, como Primo Levi, la probable solución contra “el mal” no reside ni en el perdón ni en la venganza, sino en la justicia. Justicia que, de implantarse, serviría a las víctimas, pero, sobre todo, al mundo. El perdón es un valor personal que no puede ni debe generalizarse: cada uno sabe qué es lo que se puede y debe condonar. El indulto como cura “generalizada” no basta, pues cada víctima posee su verdad y cada quien sabe si su perdón es suficiente para dar paso al olvido, al “olvido sano”.

Lo mismo sucede con la venganza. Resarcir el daño sufrido por medio de la violencia o de la venganza no tiende a reparar las heridas propias ni a aligerar la carga del pasado. Sirve, más bien, para seguir alimentando la hoguera. Queda entonces, como dice Levi, la justicia, ese bien que comparte la impensable dualidad de ser a la vez indispensable y etérea. Entiendo, vestido de escepticismo, que la idea de la justicia es lo adecuado, pero ¿es posible ponerla en práctica? Si repasamos el mapamundi contemporáneo, la respuesta es no. Si repasamos lo que dicen las víctimas o los textos que versan sobre la memoria, la respuesta, la única respuesta posible, radica en diseminar los testimonios de las víctimas.

Así como el mundo ha sido recorrido por el fantasma del comunismo, por la realidad del nazismo, por las tropelías de George W. Bush o por la crudeza de la globalización, en la actualidad el orbe puede dividirse en el de víctimas y victimarios. División que persiste, entre otras razones, porque el ser humano requiere una dosis de violencia para continuar afirmando su condición y porque hemos sido incapaces de valorar y transmitir el peso y la trascendencia de las catástrofes humanas que definieron el siglo pasado -desde Armenia hasta Ruanda. Es decir, por la incapacidad de dar a la memoria el valor justo, de saber que no actúa espontáneamente, sino que es imprescindible enseñarla, fortificarla, estudiarla. En ese vacío, en el del silencio y de la ausencia de voz -males similares, pero no iguales- es donde reside el papel fundamental de las víctimas y de los testigos.

El mundo es un laboratorio plagado de víctimas y de olvido. Un laboratorio donde el legado de las víctimas podría servir -sin duda la mejor y más confiable fuente- como antídoto contra la desmemoria. En el ámbito médico es frecuente pedir a los enfermos que han padecido alguna enfermedad por mucho tiempo que expliquen a los pacientes nuevos lo que deben hacer para detener el progreso de la patología. Sus palabras son lección inmejorable. Lo mismo debería hacerse con las víctimas. Darles la voz, en las escuelas, en las iglesias, en manifestaciones públicas o en otros sitios de reunión, podría servir para alimentar la memoria y contextualizar al ser humano de la realidad de las víctimas. Quizás así disminuya “un poco” la complicidad del ser humano, cuyo silencio posterga la justicia, contribuye con los genocidios y excluye la voz de las víctimas.

Suicidios frustrados

México D.F. Miércoles 11 de febrero de 2004

Arnoldo Kraus

Suicidios frustrados

Impedir la muerte voluntaria es un tema filosófico escabroso y un problema humano muy complejo cuyas respuestas nunca serán precisas por dos razones fundamentales: ¿tienen derecho terceras personas de actuar y detener la decisión de un ser que optó por quitarse la vida?, ¿tiene derecho un ser humano de suicidarse?

El suicida frustrado -en estas líneas me refiero a aquellos individuos cuyo acto fue evitado por otros- plantea, además, otros bretes existenciales engorrosos. Si aceptamos que el ser humano es dueño de su vida, y que tiene la posibilidad de hacer con ella lo que le plazca mientras no lastime a otras personas, es válido concluir que el suicida tomó esa decisión porque eso es lo que más le convenía. Sin embargo, es evidente que en muchas ocasiones quien se suicida deja una estela de daño difícil de resarcir, que no debe ni puede soslayarse.

Egoísmo, irresponsabilidad y menosprecio por la familia o por los amigos son los términos que más usan los allegados al referirse a un familiar o conocido que se suicida. Cuando el suicidio no se asocia a locura, enfermedad, soledad, abandono, autonomía y depresión son las referencias que más utilizan quienes deciden interrumpir voluntariamente su existencia. Empalmar, bajo un mismo techo y bajo un mismo discurso, egoísmo con enfermedad, irresponsabilidad con soledad y silencio con depresión, puede ser tarea imposible. La distancia entre la visión del suicida y la de la comunidad suele ser inmensa y, en ocasiones, insalvable. La resumo con otra pregunta: ¿es la autonomía del ser humano “suficiente” para permitir el suicidio a pesar del daño que genere en sus seres cercanos?

El dilema previo es más complejo cuando se interrumpe o se detiene un suicidio. Sintetizo esa diatriba con otras cuestiones: ¿quién se hará cargo de la persona? Justo después del suceso, ¿debe hospitalizarse a quien intentó suicidarse? En caso de internar al afectado, ¿debe ser con su anuencia o sin ella?, ¿cuánto tiempo deberá pasar en el sanatorio? ¿Se tratará como lo dispongan los médicos o deberá existir el consentimiento expreso del afectado? ¿Regresará a su hogar tras el internamiento o deberá alojarse en otro sitio? ¿Cómo incorporar a la normalidad al afectado si no lo desea o no puede? ¿Se modificará la vida de los familiares o allegados después de haber “salvado” al suicida?

Estas preguntas son tan sólo algunas de las inquietudes que emergen después de que se ha impedido la muerte de una persona. Todas son cuestiones muy intrincadas, ya que mezclan la independencia del ser humano con los marcos “morales” que impone la sociedad. La condena del pensamiento occidental contra el suicidio es válida cuando se asume que otras personas se verán afectadas por no haber detenido el proceso, pero, por otra parte, las sociedades modernas, y sus integrantes, son incapaces para lidiar con este tipo de problemas.

Conozco y conocí a más de un suicida que tras haber sido salvado lamentó profundamente haber fracasado, pues consideró que su deseo había sido traicionado por quien detuvo el acto.

El discurso de los suicidas se fundamenta en el principio de permiso, una de las máximas en bioética que deben caracterizar a cualquier sociedad pluralista secular. Sucintamente, el principio de permiso vincula moral y autonomía e implica respeto al individuo y a la comunidad. Grandes pensadores, entre otros, Freud, Séneca, el Nobel Percy Bridgman y Hume, fortalecieron ese principio y actuaron en consonancia.

El filósofo David Hume incluso lo consideraba como un deber para con uno mismo: “Que el suicidio sea con frecuencia congruente con el propio interés y con el deber hacia nosotros mismos no lo puede poner nadie en cuestión que reconozca que la edad, la enfermedad o el infortunio convierten la vida en una carga, y en algo peor que la aniquilación”. Sus ideas -independencia, dignidad, congruencia- se empalman adecuadamente con el principio de permiso, cuyo leitmotiv es otorgar al individuo el derecho de decidir acerca de su propia persona. El ideario de Hume y el principio aludido sugieren que es inadecuado interrumpir el camino de un suicida.

Las cuestiones antes emitidas están alejadas de todo maniqueísmo. Las formulé como preguntas porque, a pesar de que atisbo las respuestas, entiendo que plantean incontables bifurcaciones. Son preguntas abiertas que invitan al diálogo. Son preguntas que devienen preguntas y que exigen, al igual que otros temas urgentes -aborto, clonación, eutanasia- discutirse con inteligencia, siempre, bajo una mirada laica y secular.

No es No

¿Quién te enseño a tratar mal a la mujer?
¿A humillarla?
¿A pegarle?
¿A abusar física/ verbal / psicológicamente de ellas?
¿Fue papá?
¿Fue mamá?
¿Tus amigos?
¿O acaso está en tus genes
en esa información  genética masculina?

¿Cuando ves una mujer en verdad la vez?
Es una persona
No es carne
No es objeto sexual
No es presa
No es esclava
No  es tu propiedad
No es tu juguete

¿Conoces la diferencia entre la realidad y el porno?
No es un vídeo de reggaetón
Ni uno de banda
Ni perreo.

Es la realidad
No se visten para ti
No todas se suben al taxi para ser seducidas / violadas
Ninguna camina por la noche o madrugada buscando cumplir tus fantasías sexuales

No es no
No es no
No son putas
No son santas
No son viejas
No son pieles
No son culitos
No son perras

Son hermanas
Hijas
Madres
Abuelas
Primas
Amigas
Son humanas como tú….

P.D. Gracias a Cruzar La Noche…por patrocinar está entrada…Besos al vacío desde el vacío hermano…

Desgarraduras / I

E.M. Cioran

Los filósofos escriben para los profesores; los pensadores, para los escritores. P. 69

Un libro tiene que hurgar en las heridas, incluso provocarlas. Un libro ha de ser un peligro. P. 71

¡Bienaventurados todos aquellos que, habiendo nacido antes que la Ciencia, tenían el privilegio de morir en cuanto les llegaba su primera enfermedad! P. 72

No escribimos porque tengamos algo que decir, sino porque tenemos ganas de decir algo. P. 77

¿Qué es el dolor? Una sensación que no quiere borrarse, una sensación ambiciosa. P. 77

Existir es un plagio. P. 77

La muerte es un estado de perfección, el único al alcance de un mortal. P. 79

Aquel día estábamos en la mesa hablando de “teología”. La criada, una campesina analfabeta, escuchaba de pie. “Sólo creo en Dios cuando me duelen las muelas”, dijo. Después de toda una vida, su intervención es la única que recuerdo. P. 80

Epidemiología y literatura

Miércoles 30 de noviembre de 2005

Arnoldo Kraus

Epidemiología y literatura

Se sabe que la epidemiología es el “tratado de las epidemias” y que las epidemias son “enfermedades que se propagan durante algún tiempo por un país -o una región o varios países- dañando o matando a gran número de personas”. Me tomé la libertad de modificar la definición del Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española porque sólo habla de “país” y utiliza la palabra “acometiendo”, la cual me parece inadecuada; opté, con toda modestia, por los términos dañando o matando.

Todos sabemos también que en ocasiones las epidemias suelen aflorar con la fuerza suficiente para poner en jaque a los gobiernos de los países ricos, no por las mermas que produzcan en sus habitantes, sino por los daños que ocasionan en los países pobres. Esos daños afectan a las naciones ricas porque no les conviene que se minen “demasiado” las economías de los países pobres. Asimismo porque la carga moral y la responsabilidad de los pudientes hacia los pobres no puede depositarse ad libitum en el cesto de basura.

El síndrome de inmunodeficiencia adquirida, por ejemplo, es una epidemia que cohabita con buena parte de la población africana desde hace más de dos décadas. Su presencia en esas latitudes es brutal. En algunas poblaciones uno de cada tres habitantes se encuentra infectado y, en muchas ocasiones, pero sobre todo cuando campea la miseria, esos seres enfermos pueden ser más incómodos incluso que los objetos desechables, ya que nadie quiere (o puede) encargarse de ellos. No sobra recordar que al hablar de muertes prematuras y clase social las epidemias son quizás el mejor termómetro para clasificar a la humanidad en ricos, pobres o muy pobres.

En la actualidad los “seres bien informados” siguen con atención el curso de la gripa aviar y sus posibles repercusiones. Los historiadores de la medicina no dejan de recordarnos que entre 1917 y 1918 la epidemia de influenza causó la muerte de 40 millones de personas. A esas epidemias podríamos agregar algunas viejas, como el cólera o la plaga, otras siempre presentes como la malaria o la tuberculosis, y otras “nuevas”, que por haber matado a pocas personas, o por haberse limitado a naciones del tercer mundo adquirieron poca notoriedad Destacan el síndrome agudo respiratorio severo o las fiebres de Lassa o de Ebola. Todas las enfermedades enumeradas en este párrafo son producidas por agentes infecciosos y suelen perjudicar con mucho mayor frecuencia a personas de bajos recursos.

Por su capacidad para matar y producir dolor, las epidemias y las tragedias provocadas por la naturaleza y que finalmente devinieron epidemias han sido magnífico escenario para que ilustres escritores o pensadores agucen sus tintas. Cito dos ejemplos. Después de haber observado las escenas de algunas personas afectadas, el poeta alemán Heinrich Heine, quien vivió en París en 1830 cuando el cólera azotaba la ciudad, escribió: “Vi a alguno de esos desafortunados cuando aún respiraba, mientras las viejas brujas jalaban sus zapatos de madera de sus pies, a la vez que le golpeaban la cabeza hasta que fallecía. El enfermo estaba desnudo, sangrando y machacado; le habían arrancado no sólo sus ropas, sino su cabello, su sexo, sus labios y su nariz. Un rufián ató una soga a sus pies y lo arrastró a través de las calles, gritando constantemente: Voilá le cholera-morbus!

Otro ejemplo proviene del libro A journal of the plague year, de Daniel Defoe, escrito en 1722, que describe la epidemia que devastó Londres en 1665: “La situación era como sigue. Aparentemente el gobierno sabía que habría problemas, pero prefirieron callar. Cuando acechó la plaga, actuaron como si no hubiesen contado con información previa… antes de que azotase la calamidad los ricos abandonaron la ciudad y sólo quedaron los pobres… quienes sobrevivieron hurtaron lo que quedó a su alcance y, posteriormente, la pena y la tristeza dominaron el ambiente. La voz del luto y del dolor se escuchaba en las calles; era suficiente caminar a través de ellas para percatarse del sufrimiento”. (Cualquier parecido con el huracán Katrina es real.)

Las visiones literarias de las epidemias entremezclan la realidad de las miserias humanas con el peso y el desasosiego de las enfermedades. Heine y Defoe retratan no sólo el duelo y el dolor de los afectados, sino las diferencias entre ricos y pobres, así como la complicidad de los gobiernos. Sus viejas plumas nunca serán viejas cuando de epidemias se hable en este mundo tan dispar.

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