Según el Antiguo Testamento, las hijas de Eva seguían sufriendo el castigo divino.
Podían morir apedreadas las adúlteras, las hechiceras y las mujeres que no llegarán vírgenes al matrimonio;
Marchaban a la hoguera las que se prostituían siendo hijas de sacerdotes
Y la ley divina mandaba cortar la mano de la mujer que agarrara a un hombre por los huevos, aunque fuera en defensa propia o en defensa de su marido.
Durante cuarenta días quedaba impura la mujer que paría hijo varón. Ochenta días duraba su suciedad, si era niña.
Impura era la mujer con menstruación, por siete días y sus noches, y transmitía su impureza a cualquiera que la tocara o tocara la silla donde se sentaba o el lecho donde dormía.
p. 30-31, Espejos, Eduardo Galeano, Siglo XXI