MEDICINA Y MODERNIDAD;LOS ENFERMOS SON ANÓNIMOS

Martes 27 de Abril de 2004
La Jornada, México
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Por Arnoldo Kraus

Hace algunos meses me contaba un paciente, quien además de enfermo era médico, viejo y persona, que debido a una dolencia prolongada decidió ir a Estados Unidos para obtener una segunda opinión acerca de sus males.

Decepcionado, después de algunas consultas e incontables exámenes, reparó acerca de sus colegas estadounidenses: poco o nada sabían de su historia y menos de su padecer. Sus molestias las sintetizaba en la palabra sufrimiento y sus querellas en el infinito desdén que por la persona tienen muchos médicos “modernos”. “Ni siquiera te ven. Ni siquiera saben tu nombre”, reflexionó.

Razones de sobra tenía para sentirse defraudado. La tecnología y la indiferencia son constantes de la medicina moderna. Casi parecería que la primera repele al sufrimiento y que no existe un lenguaje común entre ambas. De hecho, la medicina, tal como se ejerce en la actualidad, nada o casi nada puede ofrecer para entender la fenomenología del sufrimiento, pues pocos estudios se realizan al respecto.

Si la queja fundamental de la mayoría de los enfermos es el sufrimiento, ¿por qué los médicos no hemos sido capaces de crear una o varias escalas que midan esa vivencia? O, al menos, un instrumento que intente explicar lo que siente el afectado, lo que percibe, lo que busca y lo que quiere decir cuando dice lo que dice. Estas escalas, junto con las constantes de laboratorio y radiología, ayudarían a comprender mejor la evolución de la enfermedad.

El filósofo francés Jean-François Lyotard hablaba del “sufrimiento del pensamiento”, reflexión que sugiere que el sufrimiento es condición inseparable del acto creativo si se acepta que el vacío llama a las ideas y genera preguntas que devienen “cierta cura”. Una cura para el arte, para el pensamiento o para el dolor. En la clínica lo que vive el afectado, lo que piensa acerca del cuerpo cuando no funciona bien, de su alma y de su futuro, siempre se empapa en mayor o menor grado de una dosis de dudas y vacíos.

El vacío -o el hambre- que siembra ideas cuando de pensar se trata -Lyotard dixit- es análogo al desasosiego que vive el enfermo cuando se hace consciente de que “su cuerpo tiene cuerpo” y que el dolor habita alguna porción de “su casa” antes desconocida -de ahí que algunos filósofos consideren que el arte y el sufrimiento tengan algunas analogías-.

Dentro de ese discurso, lo que los filósofos denominan el “sufrimiento del pensamiento”, que evidentemente tiene connotación positiva para los enfermos, equivale al “sufrimiento por la incertidumbre”, que en este caso tiene una connotación negativa. Ese “sufrimiento por la incertidumbre” -¿sería más adecuado denominarlo incertidumbre por el sufrimiento?- se ha multiplicado en el modelo médico actual, en el que incluso los rostros han empezado a desaparecer.

Las quejas del médico enfermo son sólo un retrato desgarrador de lo que sucede, pues es de suponerse que dada su profesión y edad -agrego que tenía una situación económica holgada- era esperable que hubiese recibido buena atención. Diversos estudios han demostrado que en la “medicina de masas”, la mayor parte de los enfermos no conoce el nombre del médico que los atiende y que muchos doctores no saben quiénes son sus enfermos -incluso en ocasiones no conocen ni el diagnóstico.

Es también frecuente que los pacientes no sepan el nombre de su patología, el pronóstico, la naturaleza de sus medicamentos, lo que se puede o no hacer “por ser enfermos”, las formas de contagio, etcétera. Ante tal piélago de desinformación, la posibilidad de cura diminuye, pues la incomunicación aleja los espacios para estudiar las implicaciones del sufrimiento.

El panorama previo es una visión a vuela pluma de la medicina contemporánea. Es una visión rápida, pero real, en la cual denunciar los malos caminos que ha tomado esta ciencia parece ser lo único posible. No sobra agregar que este vacío no sólo afecta directamente al paciente, sino que daña a las instituciones, pues la falta de escucha, muchas veces la mejor terapia, se traduce en el incremento de exámenes cada vez más sofisticados y onerosos que suelen desdeñar las quejas fundamentales de los afectados, amén de no ser siempre útiles.

Las tribulaciones del médico-enfermo pueden englobarse en lo que arbitrariamente denomino “sufrimiento por la incertidumbre”, vivencia que traduce los sinsabores de muchos pacientes “modernos” y la “no filosofía” de muchos médicos igualmente “modernos”. En la era de la tecnología es difícil no ser iconoclasta ni escéptico si se trata de juzgar la satisfacción de los enfermos. Al incrementarse la incertidumbre -no hay quien conteste dudas o disminuya los temores de los afectados- se profundiza el sufrimiento y se minimiza aún más el valor de la persona.

Publicado por eticadiaria

Reflexionando desde la realidad y para la realidad, una mirada a la Filosofía sin la exquisitez del lenguaje que nos aleja de la realidad

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